Hoy el mundo está altamente digitalizado, modificado en gran medida con respecto a un pasado muy cercano. Por lo que la búsqueda de bienestar en ese universo puede ser muy opuesta a lo que se conocía en ese sentido y genera un mal juicio hacia esas personas.
"¿Más de 30 años y jugando por horas un video juego?", suele ser la pregunta inquisitoria que mucha gente hace ante un “gamer”. Deberán quitarle ese sesgo tras los estudios que hizo el equipo del Oxford Internet Institute. Los analistas compararon los estados de bienestar y motivaciones de los jugadores. Detrás de los patrones apuntados y su estudio, concluyeron que no había una cuestión de escapismo emocional, sino la oportunidad de satisfacer lo que el día a día no les ofrecía.
El rango de edad
Los datos mostraron que el jugador promedio ya no es un adolescente, sino alguien de entre 35 y 41 años. Esa franja de “gamers” responde a un contexto moldeado previamente. Los millennials crecieron bajo la promesa de un mundo en el que la educación y el esfuerzo les permitirían gozar de más éxitos que los cosechados por sus padres.
Pero, por como es la realidad, tienen bastante razones de sentirse engañados. El único escenario en el que pueden seguir volviéndose a levantar después de caerse sin miedo al despido o el juicio social, es en los videojuegos.
Si generaciones anteriores les habían prometido una vida mejor y el mundo actual había fallado al entregarla, la resiliencia interiorizada es la que les permite seguir remando. Que muchos de ellos aún sigan jugando en mitad de la vida adulta es, en cierto sentido, el alivio de una válvula de presión que no ofrece muchas más salidas.
Esos videojuegos son el único escenario en el que pueden seguir volviéndose a levantar después de caerse sin miedo al despido o el juicio social. En la pantalla encuentran un juego y una herramienta de resiliencia frente a una realidad que no cumplió sus promesas.
Logrados
El juego no es "inmadurez", es una forma de recuperar el control y la sensación de logro que el sistema económico actual a veces niega. Para los especialistas no se trata de un acto que implique una pérdida de tiempo.
Insertarse en un sistema de reglas predecibles y justas es lo que a esa franja de personas les falta en la vida adulta moderna. La ciencia actual propone que el juego es un mecanismo de defensa saludable.
Deja de serlo cuando, como cualquier hábito, el problema no es la actividad, sino la relación con ella. Las señales preocupantes son las que marcan que el juego se utiliza para no enfrentar problemas graves, en lugar de solo para descansar. El descuido de las funciones vitales también debe encender alarmas si el ciclo de sueño se ve afectado, la higiene personal o el rendimiento en el trabajo.